domingo, 28 de junio de 2009

Viaje fatal

Carlitos tenía un futuro prometedor. Era el hijo amado, el amigo querido, el estudiante dedicado, el trabajador responsable. Carlitos tenía planes, tenía sueños. Pero una noche de diciembre su vida se acabó absurda y brutalmente.


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Era el último día de clases. Carlitos casi no había dormido, se la pasó estudiando para rendir su examen final. Como todos los días emprendió el largo viaje hacia la universidad. Le llevaba por los menos dos horas el trayecto de su humilde casa en Chosica a San Marcos. Ya se había acostumbrado y solía aprovechar el viaje para estudiar o dormitar un poco.
Ese fatídico 18 de diciembre, Carlitos llegó a la universidad no solo con la preocupación de dar un buen examen sino, además, con la ilusión de celebrar con sus compañeros el fin de ciclo y así lo hizo. Se reunió con sus amigos y se tomó unos tragos. Y es que había motivos para festejar: le había ido bien en los exámenes, el ciclo se acababa y las fiestas de fin de año se acercaban.
Llegada las diez de la noche, algo picadito, enrumbó a su casa. Tomó como siempre la coaster que lo dejaba al pie del cerro en que vivía. Cansado, se quedó dormido sin presentir que emprendía su viaje final.
Carlitos sería encontrado casi hora y media después tirado en la carretera central a la altura de Chacrasana. Los bomberos lo trasladaron al único hospital de Chosica. Tendido en una camilla, Carlitos agonizaba y solo esperó a sus padres para expirar.
"Mi hijo murió en mis brazos. Yo lo tocaba, mi hijito tenía un hueco en la cabeza, estaba con el hombro casi desprendido, tenía el tobillo roto. Yo estaba como loco, no entendía lo que pasaba, no podía ni llorar, era como si mi corazón se hubiera vuelto duro. Hasta ahora no puedo llorar", recordaba don Gabriel Meza, padre de José Carlos Meza Crispín, estudiante de tercer ciclo de la Facultad de Ciencias Matemáticas.
Don Gabriel y su familia creyeron que se trataba de un atropello, al menos esa fue la versión que le dio la policía de Chosica. Contra la ley natural de la vida, don Gabriel enterraba a su hijo de 19 años de edad, a su hijo querido, a ese ser que alegraba la casa con sus ocurrencias y sus bromas, a ese hijo que no dudaba en cachuelearse de mozo para apoyarlo económicamente.
"No sabe usted lo que significa que le arranquen a uno un hijo, ya joven, estudiando para ser profesional. Siempre le gustó las matemáticas, quería estudiar después Ingeniería. Me decía vas a ver papá que más adelante estaremos bien. Me decía yo voy ayudarte a sacar adelante a mi mamá y a mi hermanita. Vas a ver papá", continúa recordando don Gabriel, un vendedor de muebles del mercado de Chosica. Pero, así es el destino para algunos: inexplicable, incomprensible, injusto, cruel.
Cuando aún la familia no se reponía del shock que significó la muerte de Carlitos, don Gabriel
se topó con la verdad: su hijo no había muerto atropellado, había sido asesinado. El padre de Carlitos encontró un anónimo por debajo de la puerta de su puesto en el mercado en el que se indicaba la placa de la coaster y los nombres de los asesinos.
Papel en mano, don Gabriel buscó ayuda en Chosica, pero nadie le hizo caso. Fue la División de Homicidios la que finalmente escuchó los clamores de justicia de don Gabriel. Llamaron a declarar al chofer quien terminó contándolo todo. Eduardo Bullón alias Payasito declaró a la policía que Carlitos se había quedado dormido y como ya no había más pasajeros los cobradores Miguel Echevarría alias Miguelón y Carlos Ramos alias Caluchín decidieron robarle. Sin embargo, ellos no contaron con que el universitario opondría resistencia. Según refiere la policía, Carlitos aprisionó su mochila contra su cuerpo, se negaba a entregarla. Entonces estos seudosboleteros cogieron el fierro de cambiar llantas y lo golpearon en la cabeza, el hombro y la pierna. Ya inconsciente, los tipos no tuvieron reparos en lanzarlo a la carretera cuando aún la coaster estaba en movimiento.
Con esta confesión, la policía a través de la Fiscalía pidió al Poder Judicial la captura de los tres involucrados, pero el juez de Lima inexplicablemente rechazó el pedido. Solo, luego que el caso fuera difundido en el programa Cuarto Poder, don Gabriel fue escuchado y el juez de Chosica ordenó la captura de los tres sospechosos.
A la fecha solo uno de los presuntos implicados está tras las rejas: Miguelón. Este sujeto, quien tiene antecedentes por robo en coaster, niega su participación. En tanto, los otros dos: Payasito y Caluchín no aparecen.
La captura de Miguelón ha permitido también conocer públicamente lo que era un secreto a
voces en Chosica: en las coaster que cubren las rutas Lima-Chosica se suele robar a los pasajeros que se quedan dormidos una vez que llegan al último paradero. Así lo confirmó el mismo Miguelón: "Cuando ven que algún pasajero se queda dormido o está borrachito, algunos aprovechan para robarles". Incluso, el sujeto se atrevió a dar los nombres de las empresas de transportes.
La familia de Carlitos aún exige justicia. Quieren ver en prisión a los autores del crimen de su hijo. No hay día que don Gabriel no recorra, con su andar cansado, los pasillos del Poder Judicial. Esa es por ahora su razón de vivir: alcanzar una justicia que parece serle aún muy esquiva.

domingo, 17 de mayo de 2009

A sangre fría

"¿Me matarán?", pensaría... quizá... mientras los aguaitaba. Desnudo, inmovilizado, aterrorizado. "Asegúralo... asegúralo bien", habría dicho... quizá... uno de sus victimarios. Así, me imagino, pudieron ser sus últimos momentos antes de sentir en su adolorido rostro el polo oscuro que acabó con su vida.

Roberto Izquierdo tenía 51 años de edad, era soltero y un experimentado estilista. Puertorriqueño nacionalizado estadounidense, vivía en Nueva York. Su rostro afable y su look casual desentonaban más bien con su carácter reservado.
Christian Arcasi tiene 26 años, es padre de familia y se cachuelea como obrero. Es deslenguado, descortés, lo que llamamos aquí un malagracia. Su apodo es Melcocha por su parecido físico con un cómico muy popular entre los peruanos.
Carlos Alberto Cueva tiene 29 años, es soltero e instructor de gimnasio desde hace cinco años. Es agraciado, pero malvado. Gusta del dinero fácil; es frío y calculador. Lo conocen como Fortachón por el cuerpo bien moldeado que luce.
Melcocha y Fortachón son fleteros y, además, asesinos confesos.


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No era la primera vez que Izquierdo visitaba el Perú. Sin embargo, esta vez, su visita tenía un fin especial. Y es que como todo buen estilista era amante de la belleza y la perfección y esa casi obsesión lo llevó a tomar la decisión de someterse a una cirugía a los párpados para lucir, así, más joven. Desafortunada decisión.
La noche del 11 de abril, Izquierdo decidió salir a dar una vuelta. El depa que ocupaba, mientras se recuperaba de la intervención quirúrgica, quedaba a escasos metros de una concurrida discoteca gay: Downtown.
Melcocha y Fortachón ya se encontraban en la esquina, sentados en unas gradas frente a la disco, aguardaban algún cliente que necesitara de sus favores sexuales. Fue en ese momento en que apareció Izquierdo. "Cuando le pasamos la voz, se sentó a conversar con nosotros un buen rato y de ahí nos invitó a tomar a su departamento", narró Melcocha a la Policía el día de su captura.
Trago tras trago se despojaron de sus polos y se quedaron con el torso desnudo, se sintieron más cómodos, más en ambiente y ya deshinbidos por el alcohol mantuvierion relaciones sexuales. Fue, precisamente, en esos momento de intimidad que ambos jóvenes acabaron con la vida del estilista.
En pleno acto sexual, Fortachón lo cogió por el cuello. "Me fui para atrás y lo agarro... lo agarro del cuello y con las mismas caemos al piso... cayó (boca abajo) y me quedé encima de él. Mientras Melcocha lo amarraba (de manos y pies) con los pasadores de las zapatillas", contó muy suelto de huesos a los agentes.
Maniatado, Izquierdo no perdía aún la conciencia. "Ya estaba tranquilo, pues... no molestaba... estaba vivo... estaba vivo... claro solamente era para amarrarle nada más ¿me entiendes?... no decía nada... nos miraba ... nos miraba ¿me entiendes'", narraba como para que le quede claro a la Policía todo lo que ocurrió.
Quizá fueron esas miradas que el puertorriqueño les lanzaba, lo que les hizo pensar a ambos que tenían que darle la estocada final. Según Fortachón, su compinche cogió su polo negro y cubrió toda la cara de Izquierdo con él, luego amarró los extremos de la prenda alrededor de su cuello. "Con el polo viene se pone encima, yo estaba al otra lado (viendo lo que se iban a robar), echa para atrás (el polo) y le hace un nudo", detalló con frialdad.
Es a partir de este momento que ambos criminales dejan de coincidir en su versión. Fortachón declaró que fue Melcocha quien le hizo dos nudos más para asegurarlo; Melchoca sostiene que fue más bien Fortachón quien lo hizo.
Sin remordimiento alguno, ambos afirman que después de hacerle esos nudos, Izquierdo se quedó quieto, pero -según ellos- no pensaron que había muerto. "La consigna era ver que tenía de valor para robarle", insistió Melcocha. Pero, la Policía no les cree. Para ellos ambos jóvenes decidieron estrangularlo para robarle, como era extranjero supusieron que nadie daría con ellos, su confianza no les permitió advertir que otros fletes como ellos los vieron ingresar al departamento del puertorriqueño.
Y, ¿cuál era el preciado botín que desencadenó la codicia de estos delincuentes? Una vez consumado el crimen, ambos procedieron a repartirse los bienes: Melcocha se quedó con el televisor plasma y un reloj de escritorio; Fortachón con un DVD, una bolsa de lona rip curl, unas zapatillas y un par de zapatos. Así como lo ha leído, este par de hampones mataron sin piedad a un incauto hombre por unas miserias. Según aseguran no se llevaron dinero porque no había, solo se levantaron las tarjetas de crédito, las cuales no utilizaron pues tuvieron que quemarlas apenas se enteraron por los diarios que el estilista había muerto. Al menos, así han declarado ante la policía.
"La verdad es que se nos pasó la mano... nada más queríamos amarrarlo para que esté quieto, para facilitar el robo... intención de matarlo nunca hubo", insistió , por su parte, Fortachón.
Si se les pasó la mano o no, si su intención fue matarlo o no, el hecho es que ambos jóvenes acabaron cruelmente con la vida de un hombre: un estilista que confiado buscó placer en la personas equivocadas.




Absurdo crimen. Roberto Izquierdo fue asesinado por robarle estos objetos.

viernes, 10 de abril de 2009

El Apóstol de la muerte

Con curiosidad observaba al mayor asesino en serie del Perú, una especie de Jack el Destripador “cholo”; aunque aquí -para estar más acorde con nuestra cultura chicha- lo bautizamos como el apóstol de la muerte. Y es que él, quien a diferencia de Jack, no usó cuchillos para cortar cuellos y mutilar cuerpos sino que su instrumento de muerte era más bien una pistola con silenciador, asegura ser un enviado de Dios, un justiciero.
Pedro Nakada Ludeña tiene 33 años, fue soldado y parece un joven cualquiera. Pero no lo es. Ha confesado haber asesinado al menos veinte personas, a todas con arma de fuego, pues cree que morir baleado duele menos.
Entre sus víctimas figuran mendigos, rateros de poca monta, peluqueros y hasta un par de profesores. ¿Qué tenían todos en común para tener tan triste destino? Según Nakada eran la lacra de la sociedad. “Yo ‘limpio’ gente, gente que no debería estar acá, como ‘fumones’, prostitutas, homosexuales”, afirmó al ser detenido. El autodenominado “ángel vengador” asegura que Dios le envía órdenes para asesinar. “Yo escucho voces que me dicen que mi misión es limpiar esta sociedad”, alega.
Cuando llegó al penal pidió a las autoridades encargarse de la limpieza, le llevaron entonces una escoba y un recogedor, y él mortificado replicó que lo que quería era una pistola para acabar con tanto delincuente. Solo dos días le duró el acompañante de celda, pues el desafortunado reo no podía ni dormir por temor a que Nakada acabe con su vida. Y es que lo había amenazado y hasta se comenta que intentó ahorcarlo. Hoy, el asesino tiene una celda individual, recibe medicación, se juega sus pichanguitas (fulbito) y asiste al taller de soldadura. Todo un recluso modelo.
Hoy, según refiere se abogado, la pasa más tranquilo. Pero, la vida de Nakada no fue fácil. De padres divorciados, de adolescente tuvo que huir de casa ante las constantes borracheras de su padre que terminaban en golpizas. Llorando, contó a la Policía, que fue violado, que su hogar era un desastre y que su hermana (quien se suicidó) lo vestía de mujer cuando era un niño, incluso, le dejaba el cabello largo. El dolor y su gran rencor se puede notar cuando observas las imágenes del interrogatorio policial: un Nakada que no deja de chillar y mover su cabeza de un lado a otro como negando su pasado.

¿Está loco o no?
Su caso ha generado polémica debido a que una Sala Superior resolvió anular la sentencia de 35 años de prisión que se dictó en su contra por el asesinato de nueve personas. El tribunal argumentó que Nakada debe ser juzgado en un proceso especial por ser un enfermo mental. Y es que según pericia oficial padece de esquizofrenia paranoide. En ese sentido, el Poder Judicial apuesta porque, una vez terminado el nuevo proceso, sea recluido en un manicomio; aunque algunos no descartan que termine con un tratamiento ambulatorio y suelto en las calles cometiendo crímenes.
A la Fiscalía no le cayó nada bien la anulación de la sentencia, no cree que Nakada esté loco. El Ministerio Público afirma que el apóstol de la muerte finge y basa su posición en una primera pericia que descarta que se trate de un orate. “Si está loco porque se robaba los bienes de sus víctimas. Nosotros vamos a luchar porque se le condene como a una persona normal”, nos comentó una fuente de la fiscalía que ve el caso. En todo caso, será en el nuevo juicio que se avecina que se determine si está enfermo mentalmente o es un gran actor digno del próximo Oscar.
Con todos estos antecedentes y mi cuadro de comisión en manos me fui hasta el penal de Carquín (al norte de la capital), donde está recluido; estaba prevista la audiencia pública de oralización de la anulación de su condena. Y si bien esperaba ver a un tipo siniestro de tics y mirada perdida, me encontré más bien con un tipo común y corriente de polo, blue jeans y zapatillas y hasta con pinta de inocentón. Salvo por su incomodidad ante las cámaras que lo hacían esquivar el rostro por momentos, no encontré nada que advierta que podría tratarse de un asesino. Seguro, la misma percepción tuvieron sus víctimas.
Nakada no se arrepiente de nada así lo ha hecho saber públicamente durante el interrogatorio que le hizo el juez que lo condenó. Es más, en aquella oportunidad, afirmó suelto de huesos que si salía iba a seguir cumpliendo con su misión.
Loco o no está en manos de la justicia proteger a la sociedad del apóstol de la muerte respetando los derechos humanos que tiene como cualquiera de nosotros.

domingo, 22 de febrero de 2009

La nostálgica Yungay

No hay nada más atroz que la ira de la naturaleza, la desolación que deja a su paso nos restriega en la cara que ante su furia poco o nada el hombre puede hacer. Estas reflexiones me invadieron al visitar el Campo Santo de Yungay en Ancash, zona del ande peruano.
En ese lugar yace sepultado todo un pueblo. La tarde del 31 de mayo de 1970 un sismo de 45 segundos y de más de 7 grados provocó el desprendimiento de un bloque de nieve y hielo del pico oriental del nevado Huascarán produciéndose un alud que terminó con la vida de más de 20 mil personas. Solo quienes corrieron hacia el cementerio de la ciudad (antiguo vestigio Inca), los asistentes al estadio local y los niños que fueron a disfrutar del espectáculo del circo Verolina sobrevivieron a la peor catástrofe que ha azotado al Perú.
Hoy, ese lugar que carga sobre sus espaldas el drama de tantas familias, es un Santuario visitado por turistas que sienten esa mezcla de paz con profunda tristeza al ir observando el registro de lo ocurrido hace más de 30 años.
El hermoso cielo que ilumina este inmenso campo de altas palmeras y cautivantes flores y que es observado en lo alto por un Cristo gigante, ubicado en el refaccionado cementerio de la ciudad, convierte a este panorama en un paisaje difícil de olvidar por su sobrecogedora belleza.
Yungay albergará por siempre en su corazón esa pena, pero el pueblo lucha y se ha recuperado y ofrece al turista lugares hermosos para visitar como las Lagunas de Llanganuco y no solo eso sino que los invita a compartir sus costumbres y deleitarse con su cocina.
Si quieres saber más de Yungay visita: http://www.yungayperu.com.pe/




Observa el tamaño de la roca que cayó sobre Yungay.







Así quedó el ómnibus tras el alud.

sábado, 14 de febrero de 2009

Con ustedes su majestad: el Cajón peruano

Siempre quise aprender a tocar un instrumento. Lo intenté con la guitarra sin mayor éxito, pues la impaciencia me ganó la partida. Ya cuando había tirado la toalla, el cajón se me cruzó en el camino.
Una tarde una amiga vino entusiasmada a comentarme lo que vio en un anuncio de un periódico. ¿Por qué no aprendemos a tocar cajón? me dijo, y a partir de esa singular sugerencia se la pasó hablándome de las bondades de un instrumento musical del que en verdad yo no sabía casi nada. “Nos relajará, sirve como terapia contra el estrés, no debe ser tan difícil aprender a tocarlo”, me comentaba mientras intentaba convencerse de que era una buena elección tomar el curso.
No sé si, finalmente, fueron sus argumentos o el querer ocupar mi tiempo los sábados por la tarde que sin darme cuenta ya estaba inscribiéndome en un taller dirigido por una de las mejores percusionistas peruanas: María del Carmen Dongo.
Recuerdo como ayer mi primera clase: María del Carmen dijo que todos podíamos tocar el cajón, que los golpes del cajón eran como los latidos del corazón, que el ritmo lo llevábamos desde vientre materno. Y cuanta razón tenía.
Negros, cholos, chinos y blancos de toda edad y condición social aprendimos a tocar el cajón y lo hacemos con el mayor gusto. Nos imbuimos de su ritmo contagiante, cada golpe nos hace perder la noción del tiempo y olvidar el ligero dolor en nuestros dedos. No hay quien se resista a mover alguna parte de su cuerpo mientras escucha una buena cajoneada. Y es que el ritmo cadencioso atrapa al auditorio.
El cajón, declarado en el Perú patrimonio cultural de la Nación, es un instrumento de la costa peruana. Es por excelencia la base de un buen festejo (ritmo negro peruano). Junto a una guitarra, acompaña también a nuestro peruanísimo vals.

Cuentan los historiadores que este instrumento servía de acompañamiento para las canciones que los esclavos negros entonaban. No tenía la forma ni la estructura que hoy apreciamos, era probable que fueran cajas de frutas o en desuso que estos esclavos eran obligados a cargar y que luego de largas jornadas de trabajo, ya en sus horas de descanso, les servía para arrancarles sonidos y acompañar sus cánticos.


Si no has escuchado los golpes de un cajón peruano anímate a hacerlo: http://www.myspace.com/manomaderaperu


Si ya lo escuchaste y te gustó, anímate a tocarlo solo necesitas las ganas de aprender y verás como te dejas llevar por el ritmo contagiante de "su majestad el Cajón" como diría nuestro Decimista Nicomedes Santa Cruz.



En el II Festival Internacional de Cajón peruano