sábado 10 de octubre de 2009

Acurruncun

"Va para ti el abrazo de siempre y lo que te gustaría decirle a todos los católicos peruanos: cuando Dios determina acabar con sus mortales no le valen los cordiales ni los caldos de gallina", estas fueron las primeras palabras del maestro Oscar Avilés al enterarse de la muerte de su entrañable amigo y otro gran maestro Arturo Zambo Cavero.
Su cadenciosa y potente voz nos ha dejado en el mes del criollismo, en el mes morado... intérprete de intérpretes... el Zambo Cavero ocupará siempre una lugarcito en el corazón de todos aquellos que nos gusta la música criolla.
Creyente, bonachón, defensor del seco de gato y ciriador como él solo, si el Zambo Cavero tenía una gran virtud era la de amar a nuestra tierra con ese amor y esa pasión que muchos quisiéramos experimentar... No por eso sus interpretaciones de Contigo Perú y Y se llama Perú, entonados por él con gran sentimiento, son los temas que le arrancan más de una lágrima a nuestros paisanos que viven en el extranjero.
El Sachún, donde nos deleitamos con su arte, ya no es el mismo...
Este cajonero partió dejando un legado musical que esperemos a partir de su muerte sea revalorado... Nuestro Zambito armará la jarana en el cielo!!!
A donde Panchita Mata
cuando vino de maestra
fuimos catorce en la orquesta
a darle una serenata...

Chacombo... un festejo que hasta al más duro le arranca una movida de cintura.


Duele tu ausencia cuando estoy solito
carñiño bonito ven, ven que te quiero más
y si no sabes que te necesito
pasa un ratito por mi soledad...

Cariño bonito uno de los valses que despertó mi gusto por la música criolla...


Y qué decir de la zamacueca... Carimba una de sus mejores representantes...

Huyan hermanos huyan
que el patrón está endemoniado
que cuando coge carimba
al mismo diablo quiere marcar...
Ahora Maestro estás unido a tu tierra Contigo Perú....

Grande Zambo!!! Para mí siempre estarás ahí presente... cada vez que le arranque una tonada al cajón.
Y se llama Perú
con P de Patria
la E del Ejemplo
la R Rifle
la U de la Unión
Yo me llamo Perú....

miércoles 30 de septiembre de 2009

Mi gran pasión


No hay como ganarse la vida haciendo lo que a uno le gusta. Y aunque a veces reniego porque en algún momento siento que no tengo vida (odio pautearrr!!!), si volviera a nacer sería periodista. Y es que el periodismo es una pasión, una vocación de servicio. El amor por este oficio a veces nos rebasa, nos hace adictos: workaholics. Somos periodistas a tiempo completo. ¡Feliz día colegas!... y pónganse a escribir no más que para nosotros hoy, 1 de octubre, no es feriado.




PD. Si esta versión romántica del periodismo no les gustó, los invito a leer la versión del siempre controvertido salvaje digital... Ay Javier no tienes remedio!!! jijiji

miércoles 9 de septiembre de 2009

Quemado vivo

Chiclayo ha sido escenario de uno de los crímenes más crueles de los últimos meses... Un hombre fue quemado vivo en la combi en la que trabajaba... A continuación conozca los detalles de uno de los casos policiales que ha conmocionado el norte del Perú.
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Celso Anton Navarro tenía 48 años y trabajaba como chofer de combi para sostener su hogar. Padre de cuatro hijos y abuelo querendón, Celso era de carácter afable y tranquilo. Llevaba 25 años manejando vehículos de transporte público y jamás protagonizó trifulca alguna. La Paisana, como lo llamaban cariñosamente sus compañeros de trabajo, soñaba con tener su propia combi. Sin embargo, su sueño quedó en solo eso un sueño, una válida aspiración.
Celso hoy está muerto. Sus hijos, sus amigos y sus compañeros lo lloran y claman justicia. Y es que Celso es solo un ejemplo de la violencia que hoy vive Chiclayo en el sector transporte. Al cobro de cupos por parte de bandas de extorsionadores que operan desde el penal de Picsi, se suma otra forma de violencia, aún más absurda e incomprensible.
Eran las 9:30 de la noche del pasado 24 de agosto. Había terminado la jornada laboral. Como todos los días, Celso se prestaba junto con su cobrador Luis Mera a guardar la combi en una cochera ubicada a solamente tres casas de su domicilio en el asentamiento humano La Pradera. De pronto, cuando Luis ya se había bajado de la combi para abrirle el portón a Celso, aparecieron dos sujetos: uno de ellos encañonó a Luis y el otro se acercó a Celso, quien estaba en la combi. Mientras Luis forcejeba con su atacante, el otro sujeto le preguntaba a Celso si la combi era del Español. Y aunque Celso insistía en que No, el sujeto no le creyó. Sin dejar de apuntarle con la pistola, cogió la galonera que llevaba y le dijo: "Voy a incendiar la combi". Celso ya no tuvo tiempo de reaccionar, el sujeto le roció gasolina en las piernas y el pecho, roció también los asientos de la combi, prendió un fósforo y lo lanzó. El sujeto estaba quemando la combi con todo y chofer dentro.
Mientras los criminales huían en una moto, Celso se convirtió en una antorcha humana. Se tiró del auto y por más que los vecinos intentaron ayudarlo poco se pudo hacer. El 65% del cuerpo de Celso presentaba quemaduras de segundo y tercer grado. Por más que Celso luchó por su vida, su corazón no aguantó y dejó de latir, tras cinco días de agonía.
Pero ¿quién odiaría tanto a Celso como para asesinarlo tan cruelmente? Inicialmente se especuló que el salvaje ataque provenía de las bandas de extorsionadores, una modalidad de cupos por seguridad que ha invadido el norte del país: delincuentes que exigen a las empresas de transporte el pago de tres soles diarios por cada unidad para garantizarles que sus vehículos no sean atacados ni robados.
Sin embargo, hoy, el caso dio un giro de 180 grados. El condenable crimen de Celso, según la Policía, es producto de un lío interno de la empresa de transporte para la que trabajaba. Socios mayoritarios y minoritarios se han enfrascado en una pelea de nunca acabar por el manejo de la administración de esta empresa que cuenta con más de 100 combis y genera, según cifras oficiales, no menos de s/. 13 000 mensuales.
El presidente del directorio de la empresa Virgen de La Pradera y La Plata, el español Francisco Benesenes y su gerente, Jorge Peralta, culpan del crimen a los socios minoritarios encabezados por Raúl Manayay, dueño de la combi que Celso manejaba. En tanto, Manayay culpa al Español y a Peralta del asesinato al asegurar que todo fue preparado por él en represalia a los juicios que le ha emprendido a la actual administración. Solo las investigaciones darán con los verdaderos resposables.
Lo cierto es que Celso no era socio de la empresa, no era dueño de una combi, La Paisana era un simple chofer que se ganaba diariamente el pan para sus hijos. Víctima de una pugna interna ajena a él, que ha alcanzado un límite insospechado de violencia, Celso murió ante la impotencia de familiares y amigos a quienes solo les queda confiar en que otro humilde chofer no viva el mismo infierno.

domingo 2 de agosto de 2009

Punto de quiebre

El día que casi me matan parecía un día cualquiera, no tuve sueños premonitorios, ni presentimientos, ni corazonadas. No hubo nada que me advirtiera que viviría los segundos más angustiantes de mi vida.
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Era octubre: mes de la procesión del Señor de Los Milagros, del turrón de Doña Pepa (¡qué rico!), de los anticuchos, de los picarones. Era el mes morado: un mes de fe.
El día que casi me matan fue jueves y hacía frío. Yo trabajaba, en ese entonces, en un diario limeño en el corazón de Miraflores. Recuerdo que ese día, muy temprano, me llamó una de mis mejores amigas: Lili. Quería que nos encontráramos para charlar (mejor dicho chismear) y yo encantada acepté. A las seis de la tarde nos encontraríamos en la puerta del edificio donde trabajaba.
La tarde transcurría como siempre y como nunca. Y es que ese día en la redacción recibimos una gran noticia: nos pagarían nuestro sueldo atrasado. ¡¡¡Yupiii!!! Fue así como uno a uno fuimos desfilando por la oficina de administración con una sonrisa de oreja a oreja. A todos se nos entregó el tan añorado cheque y apenas recibido y sentido tan suave papel, nos vimos formando cola en el banco Continental, agencia ubicada frente al edificio del diario.
Recuerdo que cuando estaba por llegar a la ventanilla de atención advertí que no tenía mi DNI. ¡Qué tonta! con la emoción lo había olvidado. Junto a una colega, nos dimos media vuelta y cruzamos la pista decididas a regresar con nuestros documentos de identidad y así cobrar el dinero que tanta falta nos hacía. Sin embargo, algo ocurrió, hasta ahora no sé qué fue. Cuando terminaba de cruzar la pista le dije a mi amiga: "Yo no vuelvo, por algo será que no he logrado cobrar el cheque". Y por algo era. Sabia decisión.
La tarde llegó, redacté presurosa mis notas, cogí mi cartera (mismo maletín de Spor Billy) y fui al encuentro de Lili que ya me esperaba en la puerta del edificio. Cuando ya avanzábamos por la Avenida Arequipa, mi celular empezó a sonar, me estacioné y contesté. Era mi jefa quería que regrese pues faltaban unos datos en una nota. Tras una breve discusión, no me quedó de otra, di media vuelta y a regañadientes ya estaba redactando el párrafo de tres líneas que faltaba. Quizá si no hubiera regresado... si me hubiera demorado un poco más... no sé cuánto hubiera cambiado esta historia esa diferencia de veinte minutos.
Ya en el auto, Lili y yo empezamos a charlar, me contaba de su vida familiar, de su esposo y de lo adorable que estaba su hija. Yo le hablaba de mi deteriorada relación, si así se le puede llamar y me refiero a la palabra 'relación', a lo que medio año después acabaría definitivamente.
Confesiones van, confesiones vienen, decidimos seguir la conversa en un point donde pudiéramos comer algo ligero, sin bajar de mi auto porque hacía frío. Es así como nos dirigimos a una panadería, a tan solo unas cuadras de la casa de Lili, en Salamanca.
Yo suelo ser distraída y ese día, seguro, lo estuve más que nunca. Estaba entretenida en medio de una amena conversación y por eso no me percaté de que me seguían. Ahora sé que pudo ser desde la vía Evitamiento cuando desvíe para entrar a Los Quechuas.
Llegamos a la panadería, eran poco más de las 7:30 de la noche. Me estacioné. Hasta ese momento no observé nada extraño. Lili bajó del auto a comprar unos pasteles y unas gaseosas. Yo me quedé en el auto, bajé un poquito la luna (no quería que se empañaran todas las ventanas) y empecé a buscar alguna emisora que llamara mi atención. Lili demoraba así que me fijé si venía, de pronto vi un auto nuevecito estacionarse delante de mí. Era plomo oscuro de lunas polarizadas, era un Toyota Corona sin placa, lo recuerdo claramente. Sin embargo, en ese momento si bien me llamó la atención lo nuevo del auto, no me pasó por la cabeza que tuviera que ver con los segundos angustiantes que estaba por vivir.
Continuaba yo buscando una canción a mi gusto y Lili abrió la puerta del copiloto y estrechó sus brazos y me entregó los pasteles. Aún sonreía. Cuando me iba a entregar las gaseosas, tocaron de pronto la ventana de mi lado. Volteé a mirar y de ahí todo fue una eternidad. Todo fue confuso, eran como fotos.
Vi lo ojos desorbitados de un nervioso joven (tendría unos veinte años), vi sus manos forzar la ventana y lograr bajarla, lo vi introducir un arma y apuntarme. Sentía el cañón del arma en mi cabeza, qué fría era. Liliana gritaba y gritaba, la sentía bajo mi asiento aferrándose, alguien la jalaba. Sus gritos eran como ecos, gritaba que nos iban a matar, que tenía una hija. Sentía el carro moverse, lo estaban palanqueando. Estaba en shock, no podía creer lo que pasaba. Quería moverme y hablar, pero no podía.
Tenía lo ojos fijos en el tipo, quien me insultaba y me gritaba que me bajara. No quería que lo mire, pero yo no podía evitarlo. La puerta estaba con pestillo y el tipo se veía desesperado, quería que quitara el seguro. Todo era tan absurdo. Pensaba que el tipo estaba loco, dónde iba a vender un FIAT. Pensé, tontamente, que quizá le pareció un GOL por la oscuridad de la noche. Pensé en decirle que se fije bien que era un auto que no era comercial. Pensé tantas cosas: y si abro y me lleva, y si abro y me dispara.
Estaba tan aturdida al sentir que el tipo hacía sentir el cañón de su arma en mi cabeza (hasta ahora no sé si era pistola o si era un revólver), que decidí bajar. Estaba, entonces, levantando el pestillo cuando sonó un disparo.
Hasta ese momento no sabía quién disparó. Solo recuerdo que sentí como si mi respiración quedara suspendida, como si el tiempo se hubiera quedado detenido cuando irrumpió ese sonido. Vi los ojos del tipo y pensé: "Me va a matar". Quizá, suene tonto, todo lo que pensé en esas milésimas de segundo que para mí fueron una eternidad, en ese lapso de tiempo en que sonó el disparo y sentí la mirada rabiosa de aquel delincuente.
Lo primero que pensé, puede sentirse absurdo, era si me iba a doler: ¿Será un solo dolor, será rápido, sufriré? Pensé que era una forma absurda de morir ¿por Dios dónde iban a comercializar ese carro?, pensé que era muy joven, no entendía porqué había llegado mi hora, ¿había cumplido mi misión en este mundo? si la cumplí ni cuenta me di. De pronto parecía estar viendo una película, sentada en una butaca en primera fila (solo faltaba la canchita, porque no hay cine sin canchita). Era la película de mi vida: me vi de niña jugando con mis hermanas y mi papá fútbol en el parque de Miraflores, vi a mis hermanas ya adultas junto a mis padres compartiendo nuestras interminables cenas delivery, vi mis logros y mis fracasos. Entonces, me resigné. Si así era el destino, qué podía hacer yo. De pronto, la escena final de la película irrumpió en mi mente: era mi madre formando palabras en el plato de comida para lograr que su niña con dos moñitos coma algo. Ya ni recordaba eso, pero en ese momento era tan vívido. Ahí me invadió la angustia, pensé que mi madre no iba a soportar enterrarme. Era antinatural, son los hijos los que entierran a su padres, no al revés. Mi resignación, entonces se esfumó y mi corazón se oprimía por ese sentimiento llamado angustia.
Otro disparo sonó y volví en mí. Una corta balacera se inició y vi al delincuente alejarse apuntándome. Solo recién ahí pude abrir la boca, le dije a Lili que teníamos que ubicarnos bajo el tablero del auto, bajo el asiento. Los disparos cesaron a los segundos, nos asomamos temerosas y vimos la silueta del auto difuminarse al final de la calle. Todo era confusión, las alarmas de las casas sonaban, la gente gritaba, estaban con palos. Sentí mis tobillos helados y mojados, eran las gaseosas que se habían derramado en medio del forcejeo.
La gente rodeó el auto. La Policía me pidió mis datos, pero lo único que recordaba era mi nombre. Me preguntaron si estaba herida, si estaba bien. Me pidieron que bajara del auto y no quise. Estaba asustada, aturdida. No sé quién me prestó un celular, pero me vi llamando al diario para pedir que anularan el cheque. Los tipos se habían llevado mis documentos, mi celular y el cheque. Si lo hubiera cobrado, se hubieran llevado todo mi sueldo.
La Policía se quería llevar al dueño de la panadería. Fue él quien hizo el primer disparo. Lo acusaban de haber jalado el gatillo y poner en peligro a todos. Pero si no hubiera sido por él, no sé qué hubiera pasado. Los vecinos se pusieron furiosos y por poco y agarran a palos a los policías por tal atrevimiento.
Nunca regresé a darle las gracias a ese señor que se envalentonó y cogió su arma y disparó al aire desde un segundo piso, hasta hoy no he vuelto por ahí. Quizá un día lo haga. No soy malagradecida, pero no sé por qué hasta hoy no he ido.
Los tipos que me asaltaron eran cuatro: el que me encañonó, el que jalaba a mi amiga para sacarla del auto, el que me palanqueba la maletera y el que conducía ese auto nuevecito que llamó mi atención. Hoy sé que los delincuentes querían solo cambiar de carro. Habían cometido un asalto cerca a Salamanca y la Policía estaba tras sus pasos.
Uno de ellos era el más avezado, el que quería sacar del auto a Lili, él fue quien contestó los disparos. Al menos eso recuerdan los que estaban en la panadería observando todo y que, por supuesto, no hicieron nada (bueno, los entiendo cómo arriesgar sus vidas por dos personas que ni conocen y encima ante hombres armados). No recuerdan a ciencia cierta si los otros dos (entre ellos mi atacante) dispararon también.
Una semana me duró el trauma. Estaba paranoica. Asomaba por la ventana de mi casa y pensaba que los tipos irían a buscarme porque tenían mis datos y tenían mi cheque. Lloraba de una forma extraña: no sollozaba, solo caían y caían las lágrimas por mis mejillas. Eso, hoy, ya está superado. Claro, que no puedo negar que esa experiencia dejó huella en mí. Por ejemplo, me siento intranquila cuando sobreparo el auto en una luz roja, no me quedo dentro de mi auto estacionado, salvo que esté bien acompañada y ando siempre atenta al espejo retrovisor.
Pero esa experiencia no fue mala del todo. Hoy, que estoy ad portas de cumplir un año menos de vida, recuerdo este episodio como un punto de quiebre en mi vida. Hay un antes y un después de ese día. Hoy disfruto más la vida, de mi familia, de quienes me quieren y me aprecian. Sé que mi carrera y mi trabajo son importantes, pero no son lo más importante (ya no soy la workaholic de antes). Soy consciente de que la vida es muy corta como para andarse haciendo mala sangre por tonterías. Y es que uno está en este mundo para ser feliz y hacer feliz a quienes quiere y ama.


En Río de Janeiro, hace unos meses, disfrutando de una vista maravillosa.

domingo 28 de junio de 2009

Viaje fatal

Carlitos tenía un futuro prometedor. Era el hijo amado, el amigo querido, el estudiante dedicado, el trabajador responsable. Carlitos tenía planes, tenía sueños. Pero una noche de diciembre su vida se acabó absurda y brutalmente.


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Era el último día de clases. Carlitos casi no había dormido, se la pasó estudiando para rendir su examen final. Como todos los días emprendió el largo viaje hacia la universidad. Le llevaba por los menos dos horas el trayecto de su humilde casa en Chosica a San Marcos. Ya se había acostumbrado y solía aprovechar el viaje para estudiar o dormitar un poco.
Ese fatídico 18 de diciembre, Carlitos llegó a la universidad no solo con la preocupación de dar un buen examen sino, además, con la ilusión de celebrar con sus compañeros el fin de ciclo y así lo hizo. Se reunió con sus amigos y se tomó unos tragos. Y es que había motivos para festejar: le había ido bien en los exámenes, el ciclo se acababa y las fiestas de fin de año se acercaban.
Llegada las diez de la noche, algo picadito, enrumbó a su casa. Tomó como siempre la coaster que lo dejaba al pie del cerro en que vivía. Cansado, se quedó dormido sin presentir que emprendía su viaje final.
Carlitos sería encontrado casi hora y media después tirado en la carretera central a la altura de Chacrasana. Los bomberos lo trasladaron al único hospital de Chosica. Tendido en una camilla, Carlitos agonizaba y solo esperó a sus padres para expirar.
"Mi hijo murió en mis brazos. Yo lo tocaba, mi hijito tenía un hueco en la cabeza, estaba con el hombro casi desprendido, tenía el tobillo roto. Yo estaba como loco, no entendía lo que pasaba, no podía ni llorar, era como si mi corazón se hubiera vuelto duro. Hasta ahora no puedo llorar", recordaba don Gabriel Meza, padre de José Carlos Meza Crispín, estudiante de tercer ciclo de la Facultad de Ciencias Matemáticas.
Don Gabriel y su familia creyeron que se trataba de un atropello, al menos esa fue la versión que le dio la policía de Chosica. Contra la ley natural de la vida, don Gabriel enterraba a su hijo de 19 años de edad, a su hijo querido, a ese ser que alegraba la casa con sus ocurrencias y sus bromas, a ese hijo que no dudaba en cachuelearse de mozo para apoyarlo económicamente.
"No sabe usted lo que significa que le arranquen a uno un hijo, ya joven, estudiando para ser profesional. Siempre le gustó las matemáticas, quería estudiar después Ingeniería. Me decía vas a ver papá que más adelante estaremos bien. Me decía yo voy ayudarte a sacar adelante a mi mamá y a mi hermanita. Vas a ver papá", continúa recordando don Gabriel, un vendedor de muebles del mercado de Chosica. Pero, así es el destino para algunos: inexplicable, incomprensible, injusto, cruel.
Cuando aún la familia no se reponía del shock que significó la muerte de Carlitos, don Gabriel
se topó con la verdad: su hijo no había muerto atropellado, había sido asesinado. El padre de Carlitos encontró un anónimo por debajo de la puerta de su puesto en el mercado en el que se indicaba la placa de la coaster y los nombres de los asesinos.
Papel en mano, don Gabriel buscó ayuda en Chosica, pero nadie le hizo caso. Fue la División de Homicidios la que finalmente escuchó los clamores de justicia de don Gabriel. Llamaron a declarar al chofer quien terminó contándolo todo. Eduardo Bullón alias Payasito declaró a la policía que Carlitos se había quedado dormido y como ya no había más pasajeros los cobradores Miguel Echevarría alias Miguelón y Carlos Ramos alias Caluchín decidieron robarle. Sin embargo, ellos no contaron con que el universitario opondría resistencia. Según refiere la policía, Carlitos aprisionó su mochila contra su cuerpo, se negaba a entregarla. Entonces estos seudosboleteros cogieron el fierro de cambiar llantas y lo golpearon en la cabeza, el hombro y la pierna. Ya inconsciente, los tipos no tuvieron reparos en lanzarlo a la carretera cuando aún la coaster estaba en movimiento.
Con esta confesión, la policía a través de la Fiscalía pidió al Poder Judicial la captura de los tres involucrados, pero el juez de Lima inexplicablemente rechazó el pedido. Solo, luego que el caso fuera difundido en el programa Cuarto Poder, don Gabriel fue escuchado y el juez de Chosica ordenó la captura de los tres sospechosos.
A la fecha solo uno de los presuntos implicados está tras las rejas: Miguelón. Este sujeto, quien tiene antecedentes por robo en coaster, niega su participación. En tanto, los otros dos: Payasito y Caluchín no aparecen.
La captura de Miguelón ha permitido también conocer públicamente lo que era un secreto a
voces en Chosica: en las coaster que cubren las rutas Lima-Chosica se suele robar a los pasajeros que se quedan dormidos una vez que llegan al último paradero. Así lo confirmó el mismo Miguelón: "Cuando ven que algún pasajero se queda dormido o está borrachito, algunos aprovechan para robarles". Incluso, el sujeto se atrevió a dar los nombres de las empresas de transportes.
La familia de Carlitos aún exige justicia. Quieren ver en prisión a los autores del crimen de su hijo. No hay día que don Gabriel no recorra, con su andar cansado, los pasillos del Poder Judicial. Esa es por ahora su razón de vivir: alcanzar una justicia que parece serle aún muy esquiva.

domingo 17 de mayo de 2009

A sangre fría

"¿Me matarán?", pensaría... quizá... mientras los aguaitaba. Desnudo, inmovilizado, aterrorizado. "Asegúralo... asegúralo bien", habría dicho... quizá... uno de sus victimarios. Así, me imagino, pudieron ser sus últimos momentos antes de sentir en su adolorido rostro el polo oscuro que acabó con su vida.

Roberto Izquierdo tenía 51 años de edad, era soltero y un experimentado estilista. Puertorriqueño nacionalizado estadounidense, vivía en Nueva York. Su rostro afable y su look casual desentonaban más bien con su carácter reservado.
Christian Arcasi tiene 26 años, es padre de familia y se cachuelea como obrero. Es deslenguado, descortés, lo que llamamos aquí un malagracia. Su apodo es Melcocha por su parecido físico con un cómico muy popular entre los peruanos.
Carlos Alberto Cueva tiene 29 años, es soltero e instructor de gimnasio desde hace cinco años. Es agraciado, pero malvado. Gusta del dinero fácil; es frío y calculador. Lo conocen como Fortachón por el cuerpo bien moldeado que luce.
Melcocha y Fortachón son fleteros y, además, asesinos confesos.


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No era la primera vez que Izquierdo visitaba el Perú. Sin embargo, esta vez, su visita tenía un fin especial. Y es que como todo buen estilista era amante de la belleza y la perfección y esa casi obsesión lo llevó a tomar la decisión de someterse a una cirugía a los párpados para lucir, así, más joven. Desafortunada decisión.
La noche del 11 de abril, Izquierdo decidió salir a dar una vuelta. El depa que ocupaba, mientras se recuperaba de la intervención quirúrgica, quedaba a escasos metros de una concurrida discoteca gay: Downtown.
Melcocha y Fortachón ya se encontraban en la esquina, sentados en unas gradas frente a la disco, aguardaban algún cliente que necesitara de sus favores sexuales. Fue en ese momento en que apareció Izquierdo. "Cuando le pasamos la voz, se sentó a conversar con nosotros un buen rato y de ahí nos invitó a tomar a su departamento", narró Melcocha a la Policía el día de su captura.
Trago tras trago se despojaron de sus polos y se quedaron con el torso desnudo, se sintieron más cómodos, más en ambiente y ya deshinbidos por el alcohol mantuvierion relaciones sexuales. Fue, precisamente, en esos momento de intimidad que ambos jóvenes acabaron con la vida del estilista.
En pleno acto sexual, Fortachón lo cogió por el cuello. "Me fui para atrás y lo agarro... lo agarro del cuello y con las mismas caemos al piso... cayó (boca abajo) y me quedé encima de él. Mientras Melcocha lo amarraba (de manos y pies) con los pasadores de las zapatillas", contó muy suelto de huesos a los agentes.
Maniatado, Izquierdo no perdía aún la conciencia. "Ya estaba tranquilo, pues... no molestaba... estaba vivo... estaba vivo... claro solamente era para amarrarle nada más ¿me entiendes?... no decía nada... nos miraba ... nos miraba ¿me entiendes'", narraba como para que le quede claro a la Policía todo lo que ocurrió.
Quizá fueron esas miradas que el puertorriqueño les lanzaba, lo que les hizo pensar a ambos que tenían que darle la estocada final. Según Fortachón, su compinche cogió su polo negro y cubrió toda la cara de Izquierdo con él, luego amarró los extremos de la prenda alrededor de su cuello. "Con el polo viene se pone encima, yo estaba al otra lado (viendo lo que se iban a robar), echa para atrás (el polo) y le hace un nudo", detalló con frialdad.
Es a partir de este momento que ambos criminales dejan de coincidir en su versión. Fortachón declaró que fue Melcocha quien le hizo dos nudos más para asegurarlo; Melchoca sostiene que fue más bien Fortachón quien lo hizo.
Sin remordimiento alguno, ambos afirman que después de hacerle esos nudos, Izquierdo se quedó quieto, pero -según ellos- no pensaron que había muerto. "La consigna era ver que tenía de valor para robarle", insistió Melcocha. Pero, la Policía no les cree. Para ellos ambos jóvenes decidieron estrangularlo para robarle, como era extranjero supusieron que nadie daría con ellos, su confianza no les permitió advertir que otros fletes como ellos los vieron ingresar al departamento del puertorriqueño.
Y, ¿cuál era el preciado botín que desencadenó la codicia de estos delincuentes? Una vez consumado el crimen, ambos procedieron a repartirse los bienes: Melcocha se quedó con el televisor plasma y un reloj de escritorio; Fortachón con un DVD, una bolsa de lona rip curl, unas zapatillas y un par de zapatos. Así como lo ha leído, este par de hampones mataron sin piedad a un incauto hombre por unas miserias. Según aseguran no se llevaron dinero porque no había, solo se levantaron las tarjetas de crédito, las cuales no utilizaron pues tuvieron que quemarlas apenas se enteraron por los diarios que el estilista había muerto. Al menos, así han declarado ante la policía.
"La verdad es que se nos pasó la mano... nada más queríamos amarrarlo para que esté quieto, para facilitar el robo... intención de matarlo nunca hubo", insistió , por su parte, Fortachón.
Si se les pasó la mano o no, si su intención fue matarlo o no, el hecho es que ambos jóvenes acabaron cruelmente con la vida de un hombre: un estilista que confiado buscó placer en la personas equivocadas.




Absurdo crimen. Roberto Izquierdo fue asesinado por robarle estos objetos.